Animales ¿racionales? y mascotas



La Historia nos muestra que la domesticación de animales se remonta, para los perros, aproximadamente unos nueve mil años a. de C., y más de tres mil a. de C. para los gatos, que ya acompañaban a la ciudadanía del fúlgido Egipto. Cito estas dos especies animales por ser quizá las más frecuentes en nuestros hogares y por ser las que mejor se adaptan armónicamente con el ser humano.

Actualmente está en estudio el borrador de la Ordenanza de Tenencia y Circulación de Animales de Zaragoza el cual, según declaraciones del Concejal de Cultura y Medio Ambiente del Excelentísimo Ayuntamiento de Zaragoza D. Jerónimo Blasco, será aprobado posiblemente en este mes de octubre. Al parecer cierto contenido del mencionado borrador será “ex novo”, como por ejemplo el acceso de mascotas en el tranvía o autobús, así como la determinación de un horario en el que los animales vayan sueltos para que disfruten de la libertad de la que también son acreedores.

Como en todos los debates, en este borrador existen fobias y filias respecto al tratamiento de las mascotas y a la forma y lugares de esparcimiento en las que éstas deben disfrutar. En este contexto debo decir que la generalización del comportamiento incívico de algunas personas poseedoras de mascotas nunca debe ser objeto de otorgamiento gratuito e indebido para los demás. Hacer extensivo lo que es puntual obedece más bien a la iniquidad que al ponderado raciocinio. Me explicaré. Yo me encuentro dentro de la amplia estadística aragonesa de personas que tienen en su hogar una mascota, concretamente un perro llamado Max (porque los perros también tienen nombre,...y muchas noblezas más). Por ello me voy a centrar en los canes por ser el animal más usual que habita en nuestros domicilios y que sale pautadamente a pasear. Empíricamente hablando, la interacción entre el ser humano y el animal doméstico produce efectos positivos en la salud así como sirve de terapia estimulante, y según en qué personas, a la sazón, en mayores, en discapacitados o simplemente en personas que viven completamente solas, se acentúa ésta aún más.

Si bien es cierto que tener una mascota es una responsabilidad que comporta el cuidado necesario para su respetado desarrollo, no es menos cierto que todo ello reporta una satisfacción y un bienestar gratificante. Y cuando hablamos de responsabilidad estamos hablando también de educación, sí, una instrucción adecuada para que, en este caso, el perro no ocasione problemas allí donde se encuentre. A muchos lectores les vendrá ahora a la memoria que en los parques, en los jardines, con cierta frecuencia se ven excrementos caninos sin recoger. Y nos les falta razón. Cuando hablamos de educar a los canes tenemos que tener confirmada a priori la educación de los dueños, que en algunos casos es huera y objeto de examen. En honor a la verdad, la gran mayoría de propietarios que tenemos un perro como mascota recogemos sus heces y los sabemos llevar conveniente por donde tienen que circular. En mi caso, muchas personas me paran para ver de cerca a Max, un cruce de braco alemán con hispano-bretón, e incluso los niños lo acarician para ver su grata correspondencia dibujada en su hocico cuando entrecierra gustosamente sus castaños ojos apoyándose asimismo con su lomo sobre quien le ofrece ese minuto de gloria.

Pero para quienes repudian a estos animales y generalizan las acciones reprobables de algunos amos, rompamos una lanza a favor de las mascotas. Mi perro Max, como la mayoría, nunca hace botellón, por ello no mancha los parques y plazas con tetra-briks de vino barato, ni con latas de cerveza, ni con botellas de vidrio que luego se estallan contra el suelo haciéndolas añicos con el consiguiente peligro de que se puedan cortar niños, adultos y animales; mi perro no fuma y por ello no ensucia las aceras con colillas; mi perro no sabe encender cerillas o mecheros y por ello no prende contenedores de diverso vertido (papel, vidrio, plástico) ubicados en las calles; mi perro no rompe las farolas del alumbrado público; ni vomita en donde le apetece por ir etílicamente “colocado”, porque Max es abstemio; ni pinta de graffitis las paredes que le viene en gana; ni echa escupitajos que volando por el aire luego van al suelo, o quizá se estampan contra algún viandante despistado; ni suelta chicles que se pegan en las superficies como lapas, incrementando el coste de la limpieza pública; ni en la cincomarzada va al parque del tío Jorge de Zaragoza a ensuciarlo; ni emponzoña superficies en las fiestas del Pilar porque no va a los conciertos ni a interpeñas hasta altas horas de la madrugada. Las personas que se puedan identificar con estos hechos constatados, sí deberían llevar un bozal en la boca, o mejor que no saliesen de sus casas. A estos homo sapiens el apellido (“racionales”) les ha desaparecido, solamente les queda el nombre: animales.

La educación es la base social de la convivencia pacífica y ordenada, tanto para los humanos entre sí como para ellos junto con sus animales, razonablemente, de compañía. Sin ir más lejos, en Gijón, una bella ciudad donde las haya, existen parques de considerables extensiones donde las mascotas disfrutan de un esparcimiento libre, sin ataduras, y les aseguro que no hay ni un excremento, ni un papel, ni una colilla y eso que por ahí transitan muchísimas personas con y sin compañía animal. Además, en muchas cafeterías de la misma ciudad, en la entrada un cartel reza: “aquí no molestas” (con la cara de un perro en color verde). Lo dicho, cuestión educacional.

Decía Aristóteles que “el hábito del bien obrar lleva a la virtud, al dominio de sí, y en consecuencia, a la seguridad, a la paz”. Les aseguro, desde mi experiencia, que el perro en mucha ocasiones es el mejor amigo del hombre, pues no entiende de rencores, egoísmos, envidias, ni se obceca por trepar entre sus compañeros de trabajo. Ojalá que la nueva Ordenanza municipal de Zaragoza favorezca la cultura de las mascotas y fomente un trato más cordial y afable entre el reino animal y el racional.

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